ABOGADOS Y CLIENTES: ELECCIÓN DIFÍCIL E IMPORTANTE
“Elige bien tu mesa de trabajo. Será para toda la vida”. Recuerdo que recibí ese consejo -un tanto exagerado y de la vieja escuela- en una de mis transiciones profesionales hacia el paraíso soñado: el ejercicio de la abogacía en solitario.
La mesa es un bien mueble perfectamente sustituible. Una mala elección nos puede costar dinero pero nada más. En el mundo de las relaciones entre abogados y clientes equivocarse puede tener consecuencias que exceden lo monetario. Desde el principio de mi aventura personal en la abogacía pensé que cuando se abría la puerta de una sala de reuniones y te presentabas a un potencial cliente, ese apretón de manos podía ser mucho más importante de lo que uno imaginaba. Podías estar metiendo a alguien en tus horas de trabajo (idealmente no en las de ocio o descanso) durante muchos años en un camino intenso, exigente e incierto. No es como para tomarlo a la ligera.
Las relaciones humanas son difíciles. Hay gente que te las puede hacer más llevaderas y gente que no pero, como decía un jefe que tuve durante un tiempo, “a veces no me soporto ni yo mismo, como para que me soporten los demás”. No nos engañemos. Tratar profesionalmente con un cliente tiene su dificultad. Sobre todo en los inicios pero no solo en ellos. Quien baja la guardia pensando que ya lleva muchos años asesorando a una persona o empresa está comprando papeletas para que le toque el sorteo de un conflicto imprevisto o del reproche de la relajación en la autoexigencia que perjudica los intereses de quien lleva largo tiempo confiando en nosotros. Desde el otro lado, el del cliente, tampoco es fácil tratar con un abogado. En muchos casos se nos considera fríos, poco dedicados, materialistas, selectivos, interesados, enrevesados en nuestros planteamientos y … mejor no continuar. Cada persona, cada abogado, cada cliente, es un mundo.
El inicio de la carrera profesional depende mucho de en qué estructura se produzca. Empezar en un gran despacho nos impide seleccionar clientes porque nos vendrán dados por la jerarquía. Comenzar en un despacho propio o mediano a lo mejor nos permitiría filtrar más qué encargos se aceptan o cuáles no pero, al final, todo el mundo tiene que comer y pagar sus facturas. Sin embargo, en la medida de lo posible, uno debe acostumbrarse desde el principio a hacer dos análisis ante su primer contacto con un cliente.Debemos saber cuáles son nuestras fortalezas personales y profesionales. Así, un abogado muy técnico, meticuloso, ajustado a la norma y poco amigo de excursiones interpretativas debe tomar conciencia de que lo es. Solo así podrá ofrecer una imagen clara en el mercado de potenciales clientes. Del mismo modo, un abogado muy abierto, dotado singularmente para las relaciones públicas, empático y amigo de las soluciones pactadas y no impuestas, también debe analizarse seriamente y saber que es así. ¿Es mejor uno que otro? Tengo claro que la respuesta es negativa. Cada uno valdrá para un perfil de cliente distinto. O, incluso, si logran mezclar bien, podrían coaligarse para ofrecer un perfil “todo incluido” para un determinado patrón de cliente al que gusta mucho la variedad en los enfoques que les pueden prestar unos profesionales.

Donde sí tengo claro que surgen los problemas es cuando un abogado se deja llevar (por falta de experiencia, por no conocer sus límites o por necesidad) por la idea de que él puede con todo y de que lo importante es cobrar. Ese planteamiento suele ser el principio de la hecatombe. De ahí la conveniencia del segundo análisis. No todo cliente vale para un abogado como no todo abogado es conveniente para cualquier cliente. Parece una perogrullada pero la gran mayoría de los conflictos (en ambos sentidos) entre abogados y clientes nacen de la falsa creencia de que todo vale si se nos asegura -si es que esto es posible- el fin que perseguimos (una buena minuta y un asesoramiento excelente).
Los que nos dejamos infectar hace muchos años por el virus del deporte (muy frecuentemente como válvula de escape de la ansiedad inherente a esta profesión en la que cada día debemos resolver con mucha dedicación problemas que para nuestros clientes son graves), sabemos que iniciar un pleito se parece mucho a ponerse en la línea de salida de un maratón. En términos deportivos, en esos 42.195 metros lucharemos contra los calambres, el desánimo, la deshidratación y un montón de cosas más que solo puede exponer y comprender quien alguna vez lo ha intentado. Pero es una lucha en solitario, aunque uno vaya acompañado de miles de personas o, incluso, de amigos. En términos jurídicos, el pleito-maratón es mucho más integrador y, por lo tanto, nada solitario. El cliente, el Procurador, el abogado de la parte contraria, el Letrado de la Administración de Justicia y, finalmente, el Juez o la Sala. De todos esos compañeros de camino, uno solo puede escoger al cliente. Todos los demás nos vienen dados. Conviene no equivocarse en la elección no vaya a ser que los metros (años) del maratón (pleito) se conviertan en una historia fatal de supervivencia mutua y no de aportación recíproca del apoyo necesario para cruzar la meta con éxito (que no siempre es ganar el pleito ni podría serlo en la medida en que nuestra obligación profesional es de medios y no de resultados).
El abogado no es superior al cliente. Pero tampoco el cliente es superior al abogado. Mi experiencia profesional, muy cercana ya al cuarto de siglo, me ha permitido vivir muchas situaciones que, sin duda, ayudaron a minimizar el error (reducirlo a cero es imposible) a la hora de aceptar clientes y de aconsejar a terceros cuál es el abogado que mejor se adapta a su perfil.
A título meramente ejemplificativo (y, en algún caso, iocandi causa) recuerdo las siguientes:
- Ese abogado “guardaespaldas” que acompaña al potencial cliente para someterte a un tercer grado y anticiparte un futuro lleno de presión, ansiedad y desconfianza. La amable invitación a que sea él quien asesore al cliente a quien acompaña y no tú suele ser la mejor solución.
- Ese cliente que (antes con los formularios y consejos precocinados en Internet y ahora con la Inteligencia Artificial) te plantea la estrategia, la extensión que deben tener tus escritos, la jurisprudencia que debes citar e incluso -versión Koldo García- te sugiere “amablemente” cómo dirigirte a la parte contraria o cómo referirte a un tercero. La salida de emergencia es ser franco en el planteamiento (tanto como él) y recomendarle a un compañero que esté dispuesto a firmar y a cobrar por no pensar y actuar de amanuense.
- Ese particular que confía plenamente en ti desde el primer momento pero que revisa los escritos de interposición de recurso contencioso-administrativo, no te deja sugerirle ningún perito y es él el que lo escoge y, por supuesto, le redacta el informe técnico porque tiene el don de la omnisciencia. La recomendación es la de que estudie por la vía de urgencia la carrera de Derecho y pueda ponerse la toga para defenderse a sí mismo.
- Ese abogado que, ensoberbecido y pagadísimo de sí mismo, piensa que escuchar al cliente es una pérdida de tiempo y, por lo tanto, solo le dedica unos minutos porque no necesita más (para estrellarse, claro) o, lo que es peor, le pide a un colaborador que atienda al afectado, le redacte los hechos de la demanda para luego llegar él a lucirse con la fundamentación jurídica y -hasta ahí llega su ensoñación- los aplausos y palmaditas en el hombro que recibirá tras su intervención en sala. El consejo es buscar otro con más humildad y capacidad de esfuerzo que, sin perjuicio de que pueda delegar, sepa dirigir eficazmente un equipo, motivándolo para que, todos juntos (incluido el cliente) puedan quedar satisfechos por cómo se defendió el asunto.
- Ese cliente que pese a las numerosas advertencias de cómo ha de comunicarse con su abogado entra en un círculo vicioso y asfixiante de llamadas no agendadas, whatsapps intempestivos que se solapan con correos electrónicos indiscriminados y reproches por no estar siempre disponible. Siempre hay un roto para un descosido y, por lo tanto, será un acierto hacerle entender que tú no eres quien le acompañará en ese absorbente peregrinar por los vericuetos que provoca ese asunto que le deja a él sin dormir (y a ti, si te descuidas, también).
De mis ya lejanos tiempos de opositor a Letrado de las Cortes Generales me llevé la definición de fidelidad que da el filósofo francés André Comte-Sponville: “La fidelidad es la virtud de lo mismo”. A muchos no les gustará, les parecerá aburrida y estancada. A otros nos parece que ser fiel siempre a unas ideas -ya seas abogado o cliente-, tenerlas claras y orientar nuestras decisiones y elecciones conforme a ellas nunca podrá garantizar una sentencia favorable a nuestros intereses pero sí que no tendremos el remordimiento de que estamos donde estamos por haber escogido mal.
No se equivocarán mucho ni los abogados ni los clientes que en ese proceso de selección mutua apliquen parámetros similares a los que se utilizan en las entrevistas para acceder a un puesto de trabajo. Cuanto más acierten en ese momento, menos lamentaciones vendrán en el futuro. Analicen, pregunten, escruten, escuchen y elijan. Y, por supuesto, que Dios reparta suerte.

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